miércoles, 14 de enero de 2015

París era una guerra


Santiago Alba Rico
Cuarto Poder

Halim Mahmoudi, dibujante y viñetista francés de origen argelino, autor de Arabico, una novela gráfica sobre el racismo francés contra los inmigrantes, denunciaba en una entrevista de 2009 la censura ejercida sobre los caricaturistas, reprochaba a las caricaturas de Mahoma del Charlie Hebdo que carecieran de gracia y defendía la libertad de expresión -para empezar la suya, siempre amenazada o limitada- como el derecho a hacer reír sin compasión, “con los dientes cerrados”, para señalar un conflicto o un dolor. Halim Mahmoudi, amigo de algunos de los dibujantes asesinados en París el lunes pasado, escribía hace unos días un larguísimo post en Facebook, amargo e impotente, donde denunciaba el “laicismo de fachada” que había conducido a tantos como él, franceses que se esforzaban desde niños por ser franceses, a una posición insostenible “con un pie en el mundo árabe y otro en occidente, con un pie en los barrios y otro en Francia, con un pie en el anonimato y otro en la auto-censura, con un pie en el dolor y otro en la cólera”. Pero no quiero empezar por mal camino. Precisamente me acordaba de Halim Mahmoudi a propósito del valor sintético, discreto y contundente de los dibujos, que a veces pueden decir lo que de palabra resultaría burdo o demagógico o justificatorio o -por todos estos motivos- inaudible. 

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