martes, 29 de septiembre de 2009

01-07-2009

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio

El hombre se distingue de los animales por dos rasgos fundamentales: porque tiene la inteligencia en las manos y en los pies, y no en los dientes, y porque se mueve en el espacio exterior, y no en el interior de su especie. El placer elemental del deporte, y del juego en general, tiene que ver con el dibujo de figuras -con el dibujo del aire mismo- mediante la movilidad de los cuerpos y el intercambio de enlaces redondos entre ellos. La pelota, como el buril o las pinzas, revela la destreza (y ezquerdeza) de nuestras extremidades. La pelota, como la voz, como los signos escritos, une y separa dos cuerpos, pero no dice nada; sólo habla precisamente de esta unión y de esta separación; traza y afirma el milagro de la distancia. Antes de las rivalidades, las filiaciones y las marcas, está la belleza inútil que las hace posibles: la delimitación del campo, la felicidad euclidiana de los triángulos, el erotismo objetivo de las parábolas, la comparecencia de un segmento líquido entre dos cuerpos. El balón no es un objeto de disputa sino un lápiz; y la red que lo retiene, cuando traspasa el palo, es la revelación cromática de la perspectiva. ¿Qué produce un partido de fútbol? Ni trigo ni hierro ni lana. Produce -anchura, altura, profundidad- imágenes del espacio.

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